Hoy deseo estar sola. Deseo sentir una pulcra soledad, dormitar en el vestigio de aquel que fue mi pasado.
Me he levantado de la cama y me he decidido a hacerla, “tan ilusa como siempre” me ha parecido oír a las sábanas, pues de nuevo iba a deshacerla en pocas horas.
He pasado toda la tarde en casa y no me apetece salir. No quiero airear mis pensamientos, hoy no. Si al menos tuviese una botella –pienso-.
Hoy me siento desgraciada. No soy capaz de escribir nada, no soy capaz de continuar aquello que empecé.
Odio mi inconstancia. Odio quedarme en la penúltima página de un libro y que nada me impulse a leer el final. Odio dejar las películas a medio acabar. Las canciones a medio escuchar. Odio tener que moverme continuamente, impulsada por mi constante nerviosismo. Odio escuchar a mi mente, sin tregua, entonar dos mil palabras en un segundo, sin acoger entre sus manos ninguna.
Odio sentir que el mundo se para si no avanzo y esta maldita inquietud que me hace subir y bajar mil escaleras.
Hoy he querido quedarme en casa y he visitado todas las habitaciones infinitas veces, como temiendo que hubiesen metamorfoseado.
He encendido un cigarro, me gusta ver como se consume entre mis dedos, emulando la vida.
Una calada y otra más, tal vez la definitiva. Fumando, se escurrió la tarde, con sus horas malditas y sus vistosos colores.
Me he liado otro cigarro, falso consuelo de estas ganas irrefrenables de gritar al mundo. “Tan ilusa como siempre” dicen las paredes, el mundo no escucharía mis gritos.
Embustera nicotina, con su sabor amargo, fantaseando entre mis dedos, como un niño.